Reconquistando la Luna
Si existe algún objeto celeste que llama poderosamente la atención a los que miran por vez primera a través de un telescopio, sin duda, ese es la Luna.
Hace unos días, comentaban unos colegas las estrategias más eficaces para persuadir a los responsables locales para que subvencionaran las actividades de una asociación. Los ingredientes de la "poción mágica" cayó por su propio peso: un alcalde, un telescopio y una luna en cuarto creciente. La visión de las sombras y luces que arrojan los mares, valles y cráteres selenitas hipnotizan a cualquiera, incluido a los políticos.
Entre los aficionados, la Luna es ese cuerpo molesto que ilumina la oscuridad del cielo y que suele obligar a los observadores a permanecer en casa u observar en condiciones no óptimas cuando está en fase llena. Pero no siempre fue así. Por causas psicológicas no muy bien comprendidas, en la que seguro tiene mucho que ver su conquista, la observación rutinaria de nuestro satélite natural por los aficionados ya no es tan popular como en épocas anteriores.
La vuelta a la luna en 30 días
Como bien es sabido, la luna da una vuelta alrededor de la Tierra cada 29,5 días, justo lo que tarda en dar una vuelta sobre sí misma. Esta combinación de movimientos hace que siempre presente una misma cara a nuestro planeta. Y no es casualidad. Las fuerzas de marea que ha ejercido nuestro planeta en la superficie lunar desde su creación, fue frenando su giro hasta que su rotación quedó clavada con respecto a nuestro planeta (este fenómeno también ocurre en otros satélites del Sistema Solar).
Aunque en principio sólo deberíamos observar el 50% de la Luna, nuestro satélite posee un movimiento, llamado de libración. Este efecto está producido por el hecho de que su eje de rotación está inclinado varios grados de su órbita, y asimismo, su órbita está inclinada varios grados de la eclíptica. Esto, junto a la gran cercanía a la Tierra, hace que veamos un pequeño giro tanto en longitud, como en latitud, permitiendo la observación de características situadas más allá del horizonte lunar típico. En conclusión, desde la Tierra vemos el 59% de la superficie selenita.
Qué observar
A simple vista, los rasgos más característicos de la Luna son los mares, que se distinguen por ser regiones poco abruptas y oscuras. Los mares son zonas selenológicamente más recientes, compuestas por llanuras de lava. Por ejemplo, el Apollo 11 aterrizó en uno de los bordes del Mar de la Tranquilidad, que se extiende en un diámetro de 873 km. Este es apenas una nimiedad si lo comparamos con la extensión del Océanus Procellarum, con 2568 km, y que podemos distinguirlo hacia el borde Este lunar.
A través de unos prismáticos podemos disfrutar mucho de la Luna. Es recomendable usar aquellos binoculares con mayor cantidad de aumentos, como por ejemplo 20x50. Si nuestra intención es estar algún tiempo disfrutando de la superficie selenita, es aconsejable adaptar los prismáticos a algún trípode, para que no nos tiemble la imagen con nuestro pulso. Ya preparados, podemos seguir el avance del terminador lunar, que es la línea imaginaria que separa la zona iluminada de la zona de sombra. Si dirigimos nuestra atención a la frontera dibujada por el terminador, con una velocidad de 12 grados al día, podemos ver cómo amanece primero en los picos más altos de la superficie, hasta que los rayos del Sol consiguen bañar las regiones más bajas.
Así, podemos descubrir que muchos cráteres presentan picos centrales. Los cráteres, que se ven en mayor cantidad y calidad a través de un telescopio, están producidos por impactos de asteroides y meteoritos. Los picos centrales son el resultado del impacto y no son el meteorito en sí mismo. La mejor ocasión para disfrutar de los cráteres es precisamente cuando tienen cerca al terminador, dado que las sombras les dan un aspecto tridimensional. Es así que cuando en la cara A de la Luna es mediodía, es decir, está en fase llena, su observación pierde mucho encanto al no presentar relieve alguno. Pero volviendo a los cráteres, uno de los más atractivos es Copérnico, situado en la zona del ecuador, a mitad de camino entre el meridiano central y el limbo. Éste posee un diámetro de unos 93 km, y los selenólogos estiman que se creó hace mil millones de años.
El impacto que creó al cráter Copérnico esparció material a miles de kilómetros alrededor, que ahora vemos en forma de rayos concéntricos. Este efecto se puede ver también en otros cráteres, como el de Tycho, de 85 km de diámetro. La misión Apolo 17 aterrizó a 2000 km de Tycho, en uno de estos rayos. Las muestras recogidas y analizadas posteriormente en la Tierra arrojan una edad de 100 millones de años para este cráter.
Otras zonas de interés observacional son las montañas y cordilleras.
El satélite durmiente
En las madrugadas de algunas radios, que suelen acompañar con música más tranquila y menos caducas de lo habitual, se puede escuchar de vez en cuando "Sleeping satellite", de Tasmin Archer. Su letra, es una bonita reflexión sobre la conquista lunar.
«Te maldigo por el cielo iluminado por la luna, y por el sueño que murió con el vuelo del águila [...] Y cuando nos dirigimos hacia las estrellas, qué paso tan gigante. ¿Tenemos lo que es necesario para soportar el peso de este concepto? ¿O lo hemos dejado pasar como un tiro en la oscuridad por el sentido de la aventura? No culpe a este satélite por dormir».
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